Paisaje después de la batalla secesionista

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Parece que el partido, la batalla, del “derecho a decidir” se juega entre grupos de interés económico (multinacionales varias, bancos y empresas que tienen algo que ganar o perder) y partidos políticos de derechas principalmente PP, UPyD y Ciudadanos, en el frente español o españolista y CiU y ERC, en el frente catalanista o, mejor, nacionalcatalanista. Eso se trasmuta en el enfrentamiento entre el Gobierno de España y el Gobierno de la Generalidad de Cataluña.

No es mi interés ahora debatir sobre quién lanzó primero la piedra, aunque es evidente la huida hacia delante y el error de cálculo de un zombi político llamado Artur Mas i Gavarró.

Los partidos autodenominados de izquierda se mueven al compás de lo que marcan las derechas, faltos de criterios ideológicos serios y coherentes. Lo suyo es la metafísica de la democracia perdidos en los vericuetos de una trampa semántica: “El derecho a decidir”. Podemos trasladar ese partido a las clases sociales y observar que quienes finalmente decidirán serán las grandes fortunas, las clases sociales altas, la gran burguesía catalana, española, europea o estadounidense.

Hoy las clases populares solo asisten como espectadores jaleando, eso sí, a los intereses en contienda. No están en el campo, no juegan. Esto del independentismo es la sublimación de un Barça-Madrid como bien apuntaba Gregorio Moran en la entrevista que el pasado 21 de octubre publicaba CRÓNICA GLOBAL. Los trabajadores se alinean sentimentalmente con uno u otro equipo o en todo caso según las perspectivas de mejora que les augure el embaucador de turno. Las clases medias y la pequeña burguesía tienden, en tiempos de crisis, a derechizarse ante la probabilidad de pérdida de estatus social y económico.

La incapacidad de la izquierda para ofrecer un análisis racional y de clase se traduce en una pérdida de la hegemonía cultural y social, de la que disfrutó hace unos años, y consecuentemente en una pérdida de votos cuantiosa. Las últimas encuestas ratifican la debacle del PSC y el estancamiento de ICV-EUiA en Cataluña, junto a la incapacidad de repuntar del PSOE y aunque se prevé crecimiento de IU, el conjunto de la izquierda disminuye.

Entre las dos opciones posibles, cualquiera que fuera el resultado, la clase trabajadora no habría participado y saldría malparada. La opción de la secesión sería, en todo caso, un mazazo todavía peor ya que debilitaría doblemente su capacidad como clase social al estar dividida por elementos identitarios y diezmada en su poder de participación social y política.

Parece que todos los jugadores tienen claro que al final la independencia no será, aunque mantengan la hoja de ruta y el paripé hasta obtener unos y ceder otros un nuevo reparto del pastel del dinero público, de nuestro dinero. Como decía antes, a los contendientes que se disputan el pastel, derecha y burguesías varias, lo de la igualdad les trae al pairo. Eso sí: nos dejarán un sentimiento de frustración popular y unos malos rollos entre ciudadanos (espectadores y comparsas), tanto entre los partidarios de la independencia como en los partidarios de la convivencia, que durarán décadas y les permitirán retroalimentar sus negocios político-económicos.

¿Y la izquierda? Mareando la perdiz, como siempre. Es la izquierda la que ha de dar el paso adelante, la que ha de decir: ¡Hasta aquí hemos llegado! No con las propuestas de Miguel Sebastián de un PSOE hacia la derecha, ni con las de Nuet de EUiA hacia el secesionismo.

España necesita un proyecto político que lidere una izquierda que no tenga miedo a la transformación social y económica, que ataque la desigualdad en origen, en el reparto del trabajo y la riqueza, en el cambio de modelo de producción. Las ayudas y subvenciones atenúan las desgracias pero no corrigen la creciente desigualdad, cáncer que está destruyendo el concepto de sociedad. Es incidiendo en el esquema de salarios y de precios, donde se origina la desigualdad, como se ha de dignificar a las personas y fortalecer la idea de sociedad, de proyecto común.

Nadie pide una estatalización económica, pero sí un proyecto ilusionante y democrático. Una función social de la empresa, pública o privada, donde el beneficio no sea solo económico sino social. Se precisa una mayor intervención del Estado en la economía para que la creación de empleo no quede a la voluntad de un empresariado obsesionado por el máximo beneficio o encorsetado por el miedo a las pérdidas. Se precisa una banca pública que garantice que el crédito llega a las familias y a la pequeña empresa, que es la que genera más empleo con menor inversión.

España necesita un proyecto político de izquierdas que no dé cancha a los nacionalismos, que no se obnubile ante cantos del pasado neofeudal, que no se pierda en conceptos pseudodemocráticos como el del “derecho a decidir”.

Seguro que existen personas con capacidad de liderazgo para llegar a construir ese proyecto. No se ven, pero están. Y saldrán a la luz cuando se rompan los esquemas cerrados de la partitocracia, y no solo es cuestión de primarias sino, sobre todo, de discurso y programa. PSOE e IU pueden reinventarse (los recambios a Rubalcaba no entusiasman), pero si no son capaces de recuperar esa antorcha, al final, otros la recogerán y ellos pasarán a la historia como un fracaso para liderar a la clase trabajadora.

Antes de que se oficialice el final del proceso secesionista se ha de empezar a construir esa izquierda que prepare a los trabajadores de este país (España, por si hay dudas) para restañar las heridas y afrontar un futuro de lucha por la igualdad, la libertad y la justicia social sin odios identitarios. A mí, las depresiones de la derecha, de una identidad o de otra, me preocupan poco; es más, solo les afecta a sus ganancias.

Vicente Serrano
Crónica Global. Martes, 12 de noviembre de 2013

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